La industria de los péptidos: entre la innovación científica y la zona gris clínica
Por Dra. Juliana Mendoza
En los últimos años he observado con creciente inquietud un fenómeno que exige una pausa crítica: la expansión acelerada de un mercado de péptidos que avanza más rápido que la evidencia científica y fuera de los marcos regulatorios diseñados para proteger a los pacientes.
Péptidos para regeneración.
Péptidos para optimización hormonal.
Péptidos para longevidad.
Péptidos para composición corporal.
La palabra suena sofisticada. Suena biotecnológica. Suena segura.
Pero la pregunta esencial es otra:
¿Dónde están los ensayos clínicos fase 3?
No es lo mismo un péptido aprobado que uno experimental
Muchos medicamentos extraordinarios son péptidos:
Insulina
Agonistas GLP-1
Análogos hormonales
La diferencia es clara.
Estos fármacos pasaron por fases 1, 2 y 3.
Tienen aprobación regulatoria.
Tienen farmacovigilancia.
Tienen datos de seguridad a largo plazo.
El problema no es la biología peptídica. El problema es el mercado paralelo de péptidos vendidos como “research use only” pero promocionados para uso humano rutinario.
Y aquí es donde, como médica, me detengo.
¿Por qué un fármaco debe “esforzarse” tanto antes de aprobarse?
Muchas veces escucho:
“Doctora, ¿por qué tanta burocracia?”
La respuesta es simple: porque intervenir el cuerpo humano no es trivial.
Cuando una compañía desarrolla un medicamento serio, debe demostrar:
Que no produce toxicidad significativa en humanos (fase 1).
Que parece tener efecto terapéutico en pequeños grupos (fase 2).
Que realmente funciona frente a placebo o tratamiento estándar en cientos o miles de personas (fase 3).
Que sigue siendo seguro cuando se usa masivamente en la vida real (fase 4).
Ese “esfuerzo” no es un trámite administrativo. Es un filtro de seguridad.
Como médicos valoramos profundamente este proceso porque sabemos algo fundamental:
La biología no siempre se comporta como esperamos.
¿Los ensayos eliminan el riesgo?
No. Ningún medicamento aprobado es completamente libre de riesgo.
Siempre pueden existir:
Reacciones idiosincráticas
Alergias impredecibles
Eventos adversos raros
Pero los ensayos clínicos grandes hacen algo crucial:
Reducen significativamente la incertidumbre.
Nos permiten estimar:
Qué tan frecuente es un efecto adverso
En qué dosis ocurre
En qué tipo de paciente
En qué contexto aumenta el riesgo
Y en medicina, lo que no sabemos sí importa. La diferencia entre incertidumbre total y riesgo cuantificado es enorme.
Cuando la historia nos obligó a ser más rigurosos
Un caso que transformó para siempre la regulación farmacológica fue la Talidomida. Esta molécula fue aprobada y ampliamente utilizada como sedante y para náuseas en el embarazo. En fases tempranas no se detectaron señales de alarma importantes. Pero cuando su uso se expandió, se evidenció una toxicidad devastadora: malformaciones congénitas severas.
La lección fue clara fue: Los efectos adversos raros solo aparecen cuando el número de pacientes aumenta.
Por eso existe la fase 3 y la farmacovigilancia.
Más recientemente, el caso de Rofecoxib (Vioxx) mostró que incluso medicamentos aprobados pueden revelar riesgos cardiovasculares significativos en fase 4, cuando se utilizan en millones de personas.
La ciencia no elimina el riesgo. Pero lo detecta antes y lo reduce.
La otra cara de la moneda: que simplemente no funcione
Hay algo que casi nadie menciona y es importante que se entienda: Un medicamento puede parecer prometedor en fase 1 y 2… y fracasar en fase 3. Y esto ocurre con frecuencia.
En estudios pequeños puede observarse una mejoría aparente. Pero cuando el número de pacientes aumenta y el diseño es más riguroso, se descubre que:
No es mejor que placebo.
Solo funciona en una dosis muy específica.
El beneficio no es clínicamente relevante.
Eso no es un fracaso del sistema. Es precisamente la evidencia haciendo su trabajo. La fase 3 no es una formalidad ni un trámite burocrático. Es el momento en que la promesa se enfrenta a la estadística. Y en sistemas biológicos complejos, esa confrontación es oro.
La biología no responde igual en todos
Hay algo más que rara vez se comunica cuando se promocionan péptidos como soluciones universales: la biología humana no es homogénea. Un mismo péptido puede activar vías diferentes —incluso antagónicas— dependiendo del terreno metabólico, inmunológico y hormonal del paciente que lo recibe. No porque la molécula cambie. Sino porque el organismo receptor es distinto:
La expresión de receptores varía.
La sensibilidad celular varía.
La genética influye.
El estado inflamatorio modifica la señalización.
La edad altera la respuesta intracelular.
En biología, el contexto lo es todo. Existen fenómenos como la “señalización sesgada” (biased signaling), donde un mismo receptor puede activar cascadas distintas dependiendo de la concentración del ligando, la duración de exposición o el microambiente celular. Esto significa algo muy concreto: Un péptido que en una persona estimula una vía anabólica puede, en otra, activar una vía compensatoria o incluso proinflamatoria. Un péptido que en un paciente mejora sensibilidad metabólica puede, en otro, exacerbar resistencia a insulina si el terreno basal ya está alterado.
Un ejemplo concreto: semaglutida, uno de los péptidos más estudiados
Para entender cómo un péptido puede generar efectos distintos según el contexto biológico del paciente, tomemos como ejemplo la semaglutida, un agonista del receptor GLP-1. Se trata de uno de los péptidos más estudiados en la actualidad, con amplia evidencia clínica en diabetes tipo 2 y obesidad.
La semaglutida imita la acción del GLP-1 endógeno (glucagon-like peptide-1), activando su receptor en múltiples tejidos: páncreas, sistema nervioso central, tracto gastrointestinal, sistema cardiovascular y tejido adiposo. No estamos hablando de un efecto localizado, sino de una activación sistémica coordinada.
Cuando el receptor GLP-1 se activa, se producen varios efectos fisiológicos beneficiosos: aumenta la secreción de insulina de forma dependiente de glucosa, disminuye la secreción de glucagón, retrasa el vaciamiento gástrico, reduce el apetito a nivel central y modula vías inflamatorias y metabólicas. Desde el punto de vista clínico, esto se traduce en mejor control glucémico y pérdida de peso.
Sin embargo, el mismo mecanismo puede generar efectos adversos dependiendo del “terreno biológico” del paciente.
Vía gastrointestinal
El receptor GLP-1 está presente en el estómago, el intestino y el nervio vago. Su activación retrasa el vaciamiento gástrico. En la mayoría de pacientes esto contribuye a la saciedad y al control metabólico. Pero en personas con motilidad digestiva ya enlentecida o con predisposición a trastornos funcionales gastrointestinales, puede producir náuseas, vómito, distensión abdominal e incluso cuadros de gastroparesia.
Es la misma molécula. Lo que cambia es el contexto fisiológico.
Vía pancreática
En el páncreas, la activación del receptor GLP-1 estimula la célula beta y aumenta la secreción de insulina. Esto suele ser beneficioso. No obstante, en pacientes con antecedentes o predisposición a inflamación pancreática, la estimulación sostenida de esta vía metabólica podría asociarse —aunque de forma poco frecuente— con pancreatitis. No es que el péptido “inflame” por sí mismo, sino que la activación crónica de una red metabólica puede tener consecuencias en ciertos escenarios biológicos.
Vía central
En el sistema nervioso central, particularmente a nivel hipotalámico, disminuye el apetito. Pero también modula circuitos dopaminérgicos relacionados con la recompensa. En algunas personas esto puede modificar de manera intensa la conducta alimentaria o generar malestar psicológico. En pacientes con antecedentes de trastornos alimentarios o vulnerabilidad emocional, la respuesta puede ser diferente.
Vías metabólicas hepáticas y energéticas
Al mejorar la sensibilidad a la insulina, la semaglutida puede beneficiar el hígado graso y el perfil metabólico global. Sin embargo, en pacientes con restricción calórica extrema, deficiencias nutricionales especificas o combinaciones farmacológicas que también reducen glucosa, pueden presentarse episodios de hipoglucemia o fatiga intensa. Nuevamente, el entorno metabólico es determinante.
El punto fisiológico clave
El receptor GLP-1 no actúa de forma aislada. Se integra en redes complejas que incluyen la vía PI3K-Akt, la señalización AMPK, el eje incretina-insulina y el sistema nervioso autónomo. Dependiendo de la dosis, la velocidad de titulación, las comorbilidades, el nivel de inflamación basal y el estado hormonal del paciente, el balance entre beneficios y efectos adversos puede variar.
Este ejemplo es relevante porque muestra una realidad fundamental en medicina biológica: un péptido no activa “un solo botón”. Activa redes dinámicas interconectadas.
Y cuando hablamos de péptidos ampliamente estudiados como la semaglutida, contamos con ensayos clínicos fase 3 que nos permiten identificar la frecuencia real de efectos adversos, los subgrupos de riesgo y los perfiles de paciente más adecuados.
En cambio, cuando se utilizan péptidos experimentales sin estudios amplios y de calidad, esa cartografía fisiológica y clínica simplemente no existe.
Y aquí es donde la medicina basada en evidencia cobra sentido. Los ensayos clínicos amplios no solo buscan demostrar eficacia promedio. Buscan identificar:
En quién funciona.
En quién no funciona.
En qué dosis es beneficioso.
En qué contexto puede ser perjudicial.
Cuando esa información no existe, lo que estamos haciendo es extrapolación teórica. Y extrapolar en sistemas hormonales e inmunológicos complejos no es prudente.
Lo que dicen los análisis independientes sobre el mercado gris
Investigaciones publicadas en Drug Testing and Analysis evaluaron productos comercializados online como hormonas peptídicas. Van Wagoner et al. (2017) analizaron compuestos adquiridos por internet que supuestamente contenían análogos hormonales y péptidos.
Los hallazgos fueron preocupantes:
Concentraciones incorrectas
Sustancias no declaradas
Ausencia del compuesto anunciado
Además, la Food and Drug Administration ha emitido múltiples advertencias sobre la comercialización de péptidos no aprobados como medicamentos.
Muchos se venden bajo categorías ambiguas:
“Research chemicals”
“Compounded peptides”
“Anti-aging biologics”
Pero no cuentan con:
Aprobación formal
Ensayos clínicos robustos
Estudios de seguridad a largo plazo
Sistema estructurado de farmacovigilancia
Certificación de buenas prácticas de manufactura.
Además, los riesgos biológicos suelen omitirse, no informarse o estar subestimados.
Un péptido no es una vitamina o una sustancia inocua.
Puede:
Activar receptores hormonales potentes
Alterar ejes endocrinos
Modular el sistema inmune
Generar anticuerpos neutralizantes
La inmunogenicidad depende además de:
Su secuencia molecular
Pureza (la propia del compuesto e impurezas microbianas)
Vía de administración
Exposición repetida
Sin estudios fase 3, simplemente no sabemos qué puede ocurrir a 5 o 10 años.
Ese vacío regulatorio crea una zona gris peligrosa, donde se empieza a confundir innovación con autorización, novedad con evidencia, y promesa con resultado demostrado.
Lo que más me inquieta es que, en muchos casos, el discurso ya no se apoya exclusivamente en la ciencia, sino en algo mucho más profundo: el deseo humano de no enfermar, de no envejecer, de encontrar una solución “superior” que nos permita desafiar —o al menos postergar— nuestros límites biológicos.
Cuando productos no validados se promueven mediante estrategias psicológicas —lenguaje aspiracional, sensación de urgencia, promesas de exclusividad— se construye primero una narrativa emocional y solo después, si acaso, una narrativa científica. La evidencia deja de ser el punto de partida y pasa a ser un accesorio del discurso.
En ese contexto, promover intervenciones sin evidencia sólida apelando al miedo o a la promesa de superioridad biológica deja de ser simplemente marketing. Se convierte en la instrumentalización de una vulnerabilidad profundamente humana: el anhelo de preservar la salud y sostener la vitalidad en un entorno cada vez más competitivo.
Es ahí donde emerge un dilema ético de mayor alcance. Porque ya no estamos hablando solo de moléculas o mecanismos fisiológicos. Estamos entrando en el terreno de la esperanza, del temor y del dolor de muchas personas. Y cuando la medicina comienza a operar desde esa lógica —cuando la emoción precede a la evidencia— el riesgo deja de ser únicamente clínico o regulatorio. Se convierte en un problema ético y moral.
Ahora bien, la innovación es necesaria. Y sí, en ocasiones los avances médicos implican recurrir a tratamientos off label por razones legítimas. La práctica clínica real no siempre coincide con los tiempos regulatorios. Existen situaciones en las que:
No hay alternativas aprobadas eficaces.
El paciente no responde a terapias convencionales.
La fisiopatología ofrece una plausibilidad biológica razonable.
Existe evidencia preliminar prometedora.
La experiencia clínica acumulada sugiere beneficio.
El uso off label no es, en sí mismo, antiético. De hecho, gran parte de los avances médicos comenzaron como usos fuera de indicación antes de consolidarse en guías clínicas. La medicina progresa gracias a la curiosidad, la investigación y la voluntad de explorar nuevas posibilidades terapéuticas. Pero ese progreso solo es legítimo cuando está contenido por límites claros: investigación rigurosa, sistemas sólidos de farmacovigilancia y un proceso de consentimiento informado genuino y plenamente comprendido
La cuestión no es elegir entre innovar o no innovar. La verdadera diferencia está entre un uso clínico prudente, sustentado en criterio y responsabilidad, y no en una adopción prematura impulsada por dinámicas de mercado.
Como médica, si ofrezco una intervención respaldada únicamente por evidencia preliminar, mi deber es la transparencia absoluta. No es lo mismo afirmar “está aprobado y conocemos sus riesgos” que reconocer “estamos aprendiendo”. Cuando la evidencia es limitada, el estándar ético debe elevarse, no flexibilizarse: implica reconocer explícitamente la incertidumbre, evitar promesas implícitas, separar esperanza de evidencia y garantizar seguimientos clínicos y de laboratorio rigurosos. Solo así la innovación permanece dentro del marco que protege al paciente.
Creo profundamente que los pacientes también deben formar parte de esto. Informarse, hacer preguntas, comprender el nivel real de evidencia detrás de una intervención y diferenciar entre innovación y validación científica es, en sí mismo, un acto de autocuidado.
No todo lo nuevo es necesariamente mejor, ni todo lo prometedor está ya demostrado. Participar activamente en la decisión terapéutica implica exigir claridad, entender tanto los riesgos conocidos como los inciertos, y aceptar que en medicina la prudencia no es retraso, sino una forma de protección.
La relación médico-paciente es un espacio de responsabilidad compartida. Y esa confianza solo se construye con información honesta, expectativas realistas y decisiones verdaderamente conscientes.
Mi postura es clara
No estoy en contra de los péptidos. Estoy en contra de usarlos sin suficiente evidencia clínica.
No estoy en contra de la innovación. Estoy en contra de confundir marketing con ciencia.
La tecnología peptídica tiene un futuro brillante. Pero ese futuro debe construirse sobre datos sólidos, no sobre promesas seductoras.
Y como médica, mi compromiso no es con la tendencia del momento. Es con la seguridad y la verdad científica para mis pacientes.
Creo profundamente en la medicina regenerativa.
Creo en la biología avanzada.
Creo en el potencial terapéutico de los péptidos.
Pero también creo en:
Ensayos clínicos bien diseñados
Publicación en revistas revisadas por pares
Transparencia de datos
Regulación clara
Ética científica y responsabilidad médica en la introducción de nuevas terapias.
Referencias
Cohen, P. A. (2014). Hazardous dietary supplements — The FDA’s limited authority. The New England Journal of Medicine, 370(14), 1277–1280.
Van Wagoner, R. M., Eichner, A., Bhasin, S., & Deuster, P. A. (2017). Chemical composition and labeling of substances marketed as selective androgen receptor modulators and peptide hormones. Drug Testing and Analysis, 9(4), 528–535.
U.S. Food and Drug Administration. (2021–2023). Warning letters regarding unapproved peptide products and compounded biologics (compilation of regulatory communications). U.S. Department of Health and Human Services.
Evans-Brown, M., McVeigh, J., Perkins, C., & Bellis, M. A. (2012). Human enhancement drugs: The emerging challenges to public health. Drugs: Education, Prevention and Policy, 19(5), 353–362.
World Anti-Doping Agency. (2023). The 2023 prohibited list: International standard. Montreal, Canada: World Anti-Doping Agency.